jueves, 13 de febrero de 2014

El Zurdo



Se marchó. Nos dejó a todos boquiabiertos. No se despidió de sus consortes ni de los miles de fanáticos que esperaban más. Dejó encima de su cama una veintena de postales renacentistas, una botella de miel, un cajón de bronce lleno de objetos rarísimos, una herradura de cuando la toma de La Habana por los ingleses y una deuda inmensa con sus seguidores que quieren más. Se fue el zurdo sin avisar.

Y es que un tipo así deja huellas eternas. Fue el único trovero que nunca hizo concesiones estéticas ni éticas. Con su guitarra a la izquierda, y las cuerdas también alineadas arbitrariamente, logró un manojo de canciones extrañas y certeras. Con aliento al rock sinfónico, al cubaneo tradicional y sabe Dios de cuantas fuentes transparentes y ocultas, armó su cancionero con o sin Gunila, cantando Vida, Amigo dibujo, o las Nauseas de un fin de siglo aplastante.
Santiago Feliú nos enseñó a tocar el cielo en sus noches de concierto, o al menos (vaya suerte) a tocar la piel de la muchacha más bella utilizando su canción como pretexto.

Allí doquier esté, seguramente lo esperaron los guardas de lo eterno con un ramo de rosas y una cajetilla de cigarrillos; hubo una ovación y le dijeron que era el mejor guitarrero de la isla, cosa que a él no le interesó mucho. Allí estará con su indumentaria de último hippie cubano, pues ya todos se cansaron o se fueron lejos de esta isla que anuncia con luces de neón lo controversial y efímero que es el estar vivo. Seguramente en el hotel de la eternidad, en la puerta de su habitación llena de dibujos de clavos de línea, teléfonos con vida y ángeles desnudos, habrá un cartel que dice: Mi corazón no es un Iceberg.

Lo conocí hace mucho tiempo, allá en La Habana delirante de la Casa del Té; cuando las canciones se aplastaban contra el pavimento y llovía diariamente.
Junto a una amiga común, nos vimos el día en que regresaba de las selvas de Latinoamérica, más gago que nunca y con una colección de canciones debajo de la manga.
Muchos años después, al terminar un espectacular concierto en Sancti Spíritus, ya en un ruedo de amigos, el zurdo me quitó el vaso de ron y dijo: voy a cantar algo para arreglar la noche. Abrazó su guitarra siniestra y comenzó:

El jardín tranquilo, el hogar ya está frío, ya no hay nadie en casa, tengo que empezar….

miércoles, 5 de febrero de 2014

El interrogatorio



- Buenas noches ciudadano. Su nombre por favor.
- Santiago Puentes.
- ¿Qué hace usted a altas horas de la noche vagando por la ciudad?
- Es que no puedo dormir, oficial; además, me gusta el aire de la madrugada.
- ¿Qué trae en ese bolso? ábralo inmediatamente.
- ¿Tengo que hacerlo? ¿Tiene usted el derecho de revisar a los transeúntes?
- Sí ciudadano, abra el bolso de una vez.
- Sí señor.
- Pero ¿Qué es eso, piedras?
- Sí, piedras negras.
- Espere, espere ciudadano…Qué rayos hará usted con esas piedras,             ¿Acaso va a cometer una agresión? Móntese en la patrulla.
- Mire oficial, yo no he hecho nada malo, no confunda las cosas. Esas son mis piedras, las habituales.
- ¿Cómo dice?
- Las habituales, las que todos tenemos para resguardarnos de la muerte y la soledad.
- Mire ciudadano, es tarde, hay frío y no tengo deseos de joder a esta hora. Dígame para qué puerta o qué persona son esas piedras que usted va a lanzar.
- Oficial… ¿no entiende que son mis piedras?
- Qué piedras ni un carajo. Monte en el auto patrulla.


- Aquí patrullero 556. Con el oficial de guardia, reporta el sargento Oscar.
- Aquí oficial de guardia. Informe.
- Tengo al ciudadano Santiago Puentes, con número de identidad 70101603309 vecino de la calle cuarta, en el reparto Colón. Le hemos incautado de su bolso una gran cantidad de piedras de color negro. El ciudadano dice que son su resguardo para no sentirse solo. Recomendamos conducirlo a la primera unidad como precaución de un posible delito de agresión.
- Sargento Oscar… ¿dice usted que son sus piedras negras? Entonces no puedo ver cuál es el delito. Explique con calma.
- Mire oficial, el ciudadano habla cosas raras sobre un resguardo para la soledad; le repito que es muy extraño un hombre solo cargado de piedras en la noche.
- Pero sargento Oscar, son sus piedras… ¿Es que usted no tiene la suya?
- ¿Cómo dice oficial de guardia….mi piedra?
- Claro, su piedra. Todos tenemos una piedra escondida para esos enredos de la vida.
- Oficial, no sé si usted juega conmigo. No entiendo nada.
- No se haga el comemierda sargento Oscar, usted sabe que todos en este mundo tenemos nuestra piedra. No puedo entender cuál es su situación con el ciudadano, pero sabe que llevar la piedra encima no es delito. Yo no puedo creer que no sepa nada.
- No oficial de guardia, no entiendo nada de lo que ocurre.
- No me joda. ¿Usted vive solo o está casado?
- Vivo con mi esposa y mis dos hijas.
- ¿Y no ha visto nunca las piedras de su esposa y las pequeñitas de sus hijas?
- Claro que no oficial. Me confunde.
- ¿No sabe que todos estamos preparados para subsistir? Busque, busque entre las ropas de su mujer, debajo de la cama, en el escaparate de sus hijas.
- Si, recuerdo ahora que he visto una piedra negra debajo del colchón.
- Claro Oscar, es la piedra de su esposa, la que lleva a todas partes escondida entre sus cosas de mujer. Yo tengo la mía en la funda de mi pistola, y cada vez que estoy en apuros la acaricio. Pero dígame, porque me deja con mucho asombro. ¿De verdad que usted nunca ha tenido su piedra? ¿Cómo ha podido sobrevivir en este mundo, combatiente?
- No sé, no sé oficial. Estoy muy confundido. No sé qué hacer. No entiendo nada de lo que me está pasando.
- Mire, primeramente suelte a ese hombre que camina feliz con su resguardo; luego cuando regrese de la guardia operativa, busque sus piedras en el río, entonces verá que la vida será más fácil.
- Es que me siento ridículo con eso de tener una piedra negra en mi bolsillo; tampoco creo que todos posean una.
- ¿No? Entonces, sargento Oscar, la vida fuese una mierda; no conozco a quien que no tenga a buen recaudo su pequeño guijarro; de hecho, no entiendo cómo usted ha podido vivir treinta años de su vida tan solo. Mire, le doy un consejo: busque su lugar en la tierra, hágase de su pedrusco lo más rápido que pueda, todavía está a tiempo. Suelte al ciudadano y dedíquese a buscar su seguridad.

- Está libre ciudadano Santiago, puede marcharse.
- Gracias oficial.
- Lamento lo ocurrido, aunque no entiendo nada de lo que está pasando.
- Sí señor, ya escuché por su radio que usted no tiene piedra; posiblemente es el único en este mundo que está solo.
- Yo no me siento solo. Tengo mujer e hijas.
- Claro, pero ellas tienen su resguardo, y además… ¿nunca se ha sentido como alejado de todos, aún en medio del gentío?
- Sí, es verdad.
- Claro, es que la soledad no tiene que ver con la esposa ni los hijos ni con nadie; la soledad es algo personal que se lleva a todas partes.
- Entonces para qué necesito la piedra.
- No sé oficial. Ni siquiera puedo saber si funciona, pero todos tenemos una piedra y basta. Aquí tengo muchas, tengo la de la soledad incurable, esta otra para la esperanza de una relación amorosa, la pequeña te ayuda a dormir cuando estás desvelado y la cama se te convierte en un campo de fútbol. Tengo esta muy especial, su misión es recordar que estoy solo y que necesito las otras piedras.
- Ya veo. En fin, puede marcharse. Tenga buenas noches.
- Buenas noches oficial.
- Ah… ¿No podría regalarme una piedra de las suyas? Digo, si puede.

sábado, 11 de enero de 2014

El puerco

El puerco
Cuento

En el fondo del patio, lugar al que se llega por un largo y estrecho pasillo, vive el puerco. Tres veces al día recibe su dieta de  polvos fortificantes, pan viejo mezclado con miel de purga y restos de la comida familiar.

Espera pacientemente el fin de año para ser sacrificado y así contribuir al bienestar de su gente. Él lo sabe; diríase que es un puerco perspicaz y lleno de interrogantes sobre la vida, la suerte y la condición de estar vivo.

Es una familia casi perfecta: el señor José, su esposa y los tres hijos en grata convivencia. Observa con detenimiento a todos en la casa. Oye los gritos alegres, las discusiones típicas de un matrimonio enraizado, y disfruta con devoción el retozo de los niños cuando por accidente están cerca de su corral.

En sus momentos de reflexión, se imagina como padre de una familia como esta que lo engorda. Sueña con lucir una camisa de flores doradas como José y salir tomado de la mano con una mujer linda, luciendo esos inmensos tacones rojos cuyo sonido marca las noches de la casa. Se imagina sentado frente a una mesa con mantel a cuadros, degustando exquisitos manjares y volátiles bebidas, sosteniendo una conversación agradable con los comensales.
Sabe que si se lo propone, podría ganar esa felicidad soñada y alejarse del corral mortífero; pero tiene dudas, pues si logra cambiar su suerte, tendría que hacer lógicamente todas las maniobras que dictan las leyes del buen vivir, incluida la crianza, sacrificio y cena de fin de año, de un puerquito soñador e inteligente como él.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Sin Palabras


Hoy en la mañana viví una inmensa cola de cubanos de a pie, en el Banco Popular de Ahorro de la ciudad de Sancti Spíritus.

Eran las 11:30 de la mañana y sin ninguna explicación, las puertas del local no habían abierto. La cola crecía y la multitud exasperada carecía de herramientas suficientes como para alzar una protesta formal ante tal abuso. Recordé que es lunes (los lunes en mi ciudad, por un misterio indescifrable, son disfuncionales), entonces me limité a sumar otro percance a los tantos que se suceden este día.

A las 12:30 de la tarde ya la fila inmensa de ciudadanos llegaba hasta ese paseo que parece perderse entre las lomas del Escambray. El sol agobia y la desesperación por  realizar una gestión laboral o cobrar un simple cheque, mínimo y risueño, llega al clímax, cuando ocurre lo inesperado: camina hasta la puerta del banco uno de los tantos estudiantes Paquistaníes que hoy llenan nuestros parques y escuelas. Mira con sorna a la multitud desesperada, extrae de su bolso la tarjeta magnética VISA y con altanería la introduce en el cajero automático que posa para la eternidad en las puertas del Banco; seguidamente accede, bajo la mirada atónita de una veintena de viejecillas y hombres cansados, a su cuenta bancaria, embolsándose tranquilamente un enorme fajo de billetes en CUC.

Hubo un silencio de sepulcro, solamente interrumpido por la maquina imprimiendo la transacción. Al momento se marcha el estudiante, pero antes no puede evitar (y juro que trató) de mirar nuevamente a la cola y despedirse meneando la cabeza con una sonrisa de burla.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Resucitan dos hermanos en Sancti Spíritus


Los hermanos Roberto y Sinecio Franco.
Los hermanos Sinecio y Roberto Franco, ciudadanos espirituanos, han resucitado después de casi una semana de haber sido declarados fallecidos. Eran muy populares en la barriada de Colón de la ciudad de Sancti Spíritus. 

El día primero de noviembre del año en curso, sin causas advertidas por los médicos, expiraron repentinamente, causando desolación entre familiares y amigos.

Luego de los rituales acostumbrados en nuestra cultura, como el velatorio y despedida de duelo a las puertas del Cementerio Municipal, ambos cuerpos fueron sepultados debidamente.

El insólito caso ocurrió cuando el día seis de noviembre, en las primeras horas del día, cuenta el sepulturero Pedro Gutiérrez, después de un extraño ruido en la bóveda de la familia Franco, vio cómo la loza principal se movía  hasta caer estrepitosamente al camino real. Observó después el resurgimiento de los hermanos, trayendo gran confusión entre los trabajadores del centro.

Cuenta Pedro que corrió como todos sus compañeros; pero confiesa que lo peor vino después, cuando los hermanos se aparecieron en el barrio de Colón. La policía local, ha intervenido en el cementerio para pedir explicación a tal suceso.

Pedro Gutiérrez, el sepulturero.
A tan extraño acontecimiento no ha podido sustraerse nadie en la ciudad; cientos de personas se congregan día y noche frente a la casa de la familia Franco.
Los hermanos, escondidos del barullo, no quieren dar entrevistas a la prensa local; solamente se sabe, después de la investigación de rigor por parte de médicos y los órganos de la Seguridad, que están tranquilos y no soportan ni el ruido ni la demasiada claridad.
Ya se han filtrado algunas anécdotas, contadas por los hermanos a sus familiares más allegados. 

Cuenta Roberto que estando junto a su hermano a la orilla del río, vio cómo este cayó de bruces al suelo y se asustó mucho. Cuando fue a socorrerlo, tratando de levantarlo, asegura que de pronto se dio cuenta de que estaba en otro lugar, y la persona que sostenía entre sus manos no era su hermano Sinecio, era una mujer madura, asegura Roberto, de espaldas anchas y cabello corto.
Al soltarla, esta cayó sobre un césped muy bien cuidado, entonces llegaron muchas mujeres maduras y se ocuparon de la amiga caída. Después de revivirla, lo convidaron a danzar y le ofrecieron una bebida muy extraña en unas copas muy largas y plateadas.
Cuenta Roberto que nunca se desesperó, y que cuando trató de hablarles y preguntar dónde estaba, las mujeres se escapaban de su lado y se escondían entre los arbustos.
Después lo llevaron a una casa de madera muy alta y le encomendaron la tarea de revolver un caldero humeante repleto de viandas y vegetales. Así estuvo muchos días hasta que una mujer, bien vestida y en tacones altos, le dio a probar el caldo en cocción.
Apenas lo probó lo atacó un fuerte dolor en el abdomen; sintió que sus pies abandonaban el lugar hasta caer en una celda oscura y fría, que resultó ser la bóveda familiar en el Cementerio Municipal.

Salir de la caja fue fácil, pues esta estaba abierta; después, con la ayuda de un pico y una pala, logró promover la lápida principal; fue entonces que a la luz que entró por la grieta, pudo ver a su hermano ya fuera de la caja, tratando de salir también al exterior. 

Roberto dice que no quiere hablar mucho del suceso porque le da miedo. Cuenta que ha estado muchos años sin trabajar, viviendo delos ahorros de sus padres y su hermano, que desea dar un cambio a la vida y se dedicará a vender pizzas en un local pequeño que alquilará en el vecindario.

La experiencia de Sinecio es completamente distinta; electricista de profesión, obrero ejemplar en la empresa de mantenimiento de educación, ha contado a su familia que a la hora de morir se encontraba junto a su hermano a la vera del río Yayabo cuando de pronto una luz acompañada por un extraño ruido lo hizo caer al suelo. 

Al levantarse estaba en un largo corredor atestado de fotos de vacas e inmensos barriles cerrados herméticamente. Caminó asustado durante horas hasta llegar a una salida donde se encontró, solo y desnudo, frente a un paisaje extremadamente raro, cuenta Sinecio. Unos individuos callados, de rápido caminar, lo sumergieron en una tina helada y le pintaron en el pecho un signo que él no pudo reconocer; seguidamente, con mucho frío y arropado con mantas de color magenta, fue lanzado con una fuerza superior a las ramas de un árbol repleto de extraños frutos. Allí se quedó por varios días y nunca sintió ni hambre ni cansancio. 

Cuenta que el silencio era tan grande que sintió su propio corazón latiendo apresuradamente, y que después de muchos días, cuando decidió por curiosidad probar el fruto del árbol, escuchó un sonido como del claxon de un auto en el momento de arrancar la fruta. Apenas pudo probar el extraño dulzor, pues sintió un impulso violento que lo lanzó contra una vaca que pastaba bajo la sombra del árbol. Al abrir los ojos estaba en la bóveda del cementerio junto a su hermano que ya trataba de abrir la puerta para salir al exterior.

Sinecio cuenta que la experiencia ha sido muy extraña, que su vida ha cambiado y por tanto, debe darle otro rumbo a su existencia. Comenta que a pesar de llevar una vida tranquila y aparentemente feliz, desea sentir nuevos aires. Por ahora, dice, quiero conseguir una visa e irme a Miami a trabajar en lo que sea, pues tengo deseos de comenzar de cero en cualquier lugar del mundo.

Confusión y desorden frente a la bóveda de la familia Franco.
La ciudad de Sancti Spíritus está revuelta con este acontecimiento. Han llegado personas de muchos lugares y diferentes objetivos; la acera de los Franco está repleta de religiosos, científicos e incrédulos. 


Muchos dicen que ya era tiempo de que en la barriada de Colón, lugar tranquilo de la ciudad, pasara algo importante.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La montaña


                                                                                                                                                             Foto: cortesía de Indigo Hynmwriter


La veíamos en cada amanecer. Rodeada de sus súbditos leales: el viento, la lluvia. Imaginábamos su cuerpo fragmentado y sus derivaciones hacia otra piedra, otra ilusión de vida que se despeñaba ante nuestra atónita mirada.

Allí, decías, los colores serán tibios como el arcoíris, y las palabras llegarán impolutas al oído más rebelde.

Pero el paisaje no deja ver la otra verdad: los miedos y la sed de un salto. El terror estival nos consumió cuando lentamente fuimos escalando sus lomos inexactos. 

Esperando una fuerza atemporal, los estadios del alma cobraron forma.
Lejos, muy lejos se divisa el mar y la ciudad perdida; entre los laberintos de occidente está el hogar que alguna vez soñamos. Pero no pudimos ver, solo intuimos esos remansos de paz, pues la montaña esconde en sus atardeceres la verdadera romanza.

Al llegar al sitial más alto, repetías, haremos la paz eterna entre nosotros y el mundo que se va por la cloaca; pero los mundos no son iguales desde arriba. 

Lloraste cual ciruelo enfermo. Las tardes son las mismas aquí arriba, solo que la montaña nos da otra recompensa: el sentirnos solos, alejados del tren y de las ferias.

Ahora, entre el bullicio, caminamos con la certeza. Quizás fuimos otros o en otra vida fuimos los mismos.

Allá está imperando; y lanzamos una mirada soez a la lejanía y nos dejamos llevar aparentemente por el silbato del tren y la feria de provincia, calentando en nuestra hoguera el eterno deseo de saltar.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Melancolía



A José María de la Concepción se le vino abajo todo su retablo aquel día en que vio cómo su último amigo de la infancia cambió el rumbo de su vida tras el largo camino de la emigración. El auto se marchó hacia el aeropuerto y sus manos sólidas acariciaron por última vez aquellas otras que lo acompañaron a tumbar mangos y a robar los panes que Jerónimo dejaba la ventana de la panadería del barrio.
 El primer síntoma de la vejez debe ser el alejamiento de esos impulsos fuertes que dictan la vida. Pero el peor, el más despiadado, es cuando comienzan a caer los dioses, cuando ya no se espera nada, cuando da igual que no pongan en la radio tu canción.

José María es experto en Dominó. Juega sentado en la soledad de la tarde. Juega solo y se imagina algún lugar en el universo, donde tira con violencia el doblenueve y sus amigos lo proclaman el campeón absoluto. Siente el dulce choque de los vasos de aguardiente, mientras Felipe, su amigo del alma, lo acaricia en el hombro y le dice –carajo José María, eres el mejor. Entonces se estira en el taburete y le ordena a su esposa la última fritada justo cuando ella pasa a su lado, etérea y rosada.

Podría estar toda la vida jugando y disfrutar de los elogios de sus buenos camaradas, pero todo es un engaño.
Felipe vive en Roma y hace más de cinco años que no sabe de él; Maritza, su tierna esposa, se fugó a Miami con Carlos, el mecánico de su desvencijado fogón Pique. Solo queda su casa sin pintar, un tocadiscos ruso y dos o tres vasos de  la Alemania Democrática en los cuales hace mucho que no baila el alcohol.

José María es un hombre cabal. Consagra su vida a tiempos remotos y abre su manual de carpintería, enviado por  Pepe desde España;  imagina una mesa de roble recién salida de sus manos, llena de virutas de pan y mermelada junto a sus dos hijos, Julieta y Alejandro, el sueño irrealizado cuando se casó con Maritza hace más de treinta años.

Sabe que es dueño absoluto de su vida; su pasado y su futuro pertenecen totalitariamente, a esas fotos amarillas tiradas en la cama, al olor a tierra mojada del antiguo jardín y a las voces agradables que lo proclamaban el eterno anfitrión de las veladas nocturnas.

lunes, 21 de octubre de 2013

De la nostalgia y los focos de resistencia



Ayer domingo 20 de octubre fue el día de la Cultura Nacional, el aniversario 145 de la presentación en público de nuestro hermoso Himno Nacional. Fue un domingo como otro cualquiera en la ciudad de Sancti Spíritus, lo que implica alejamiento de las pocas zonas de vanguardia en la isla de Cuba. Un domingo chato como todos, aburrido y caluroso, a pesar de ser un octubre avanzado.

Me propuse dormir la tarde, alejándome del sol que se explota como un botellazo en las cabezas de aquellos que deciden salir a pasear, pero el vecino, sin previo aviso, encendió su stereo con las bocinas enfocadas a todo el barrio, y sin pensarlo dos veces arrancó con lo más popular de la música llamada del Ayer Reciente a todo volumen y con la desfachatez característica de alguien que quiere a toda costa divertirse de lo lindo.
En par de horas de oyente obligado, repasé todo el repertorio que llegó a nuestro país desde los años 60 hasta casi los ochenta; claro, la más popular de aquel entonces, lo que no quiere decir que la mejor.

Después, para remachar el clavo, luego de oír desde Rita Pavone, pasando por los imprescindibles Fórmulas V hasta José José, en la TV pusieron, para suerte mía, el clásico musical Los Paraguas de Cherburgo con su fabulosa banda sonora de Michel Legrand. No faltaba más, un domingo Yeyé desde mi alcoba, en busca del Xanadú, reino perdido.
Pero claro que se corre el telón; la edad traiciona y solemnemente comienzas a tararear todas aquellas melodías que te hicieron feliz en la lejana mocedad, tópico este que nos hace pensar en esa condición estética oculta que traen algunos eventos.

La nostalgia podría ser una zona de resistencia, sobre todo cuando la contemporaneidad hace una diferencia insalvable. Cierto que todo debe ser un proceso lógico, nuestros padres y abuelos añoran a Roberto Faz y la fabulosa música de victrola. Hasta aquí todo funciona de maravillas, y no puede ser de otra manera porque la vida, aunque no nos guste, es lineal.

Lo que me lleva a la reflexión es que estos focos, como en el que milita mi vecino, son focos alternativos de resistencia a la pseudo cultura musical que oficialmente se difunde en los centros de recreación, zonas bailables y se aloja cómodamente en las memorias flash de los jóvenes.

Mi preocupación es la siguiente: ¿Habrán focos de resistencia musical dentro de treinta años, y sentirán los que son jóvenes hoy, la melancolía que trae consigo escuchar aquellas canciones que nos alimentó la adolescencia? Lo dudo; y no estoy defendiendo a capa y espada la música que sostiene mi vecino, pues sabemos con certeza que casi toda era copia mala del panorama musical anglosajón; era lo que llegaba a la isla pasando una censura que nos impedía escuchar los originales y nos embarcaba en una parafernalia de cartón. Así nos salvaríamos del capitalismo en inglés, y nosotros, pioneritos delicados, no sufriríamos los embates ideológicos de una sociedad en quiebra en los años sesenta, como lo era cualquier país donde se hablara el idioma de Janis Joplin.

Pero aun así, los que peinamos canas, tenemos una carta bajo la manga: una nostalgia musical, verdadera o falsa, que nos hace recordar lo bueno y grande que era el mundo cuando enamorábamos muchachas en la puerta de la escuela escuchando a Los Mitos y a Juan y Junior.

Me da pena con los jóvenes de hoy, y no es un conflicto generacional, es un problema cierto y grave, pues hay jóvenes salvados, aquellos que se sostienen hoy con la buena música, nacional o foránea; pero son la triste minoría.

En realidad hoy en Cuba falta la ética sonora en la cual exista un trabajo de referencia que dicte, sin vetar nada, lo mejor y/o más estético que se realiza dentro y fuera de la isla. No pido que censuren el reggaeton, pues si esto sucede, hasta mi vecino cambiará la década prodigiosa por dicho fenómeno.

Sucede que en los años setenta nos gritaban en los oídos, por todos los medios posibles, que el Rock (en general toda la música en inglés) era producto de una sociedad enajenada, que producía un alejamiento de los valores reales y era, por supuesto, nocivo a una juventud como nosotros, que buscábamos (o habíamos encontrado) la fórmula del hombre nuevo. Y claro que no toda la música anglosajona era buena y no todo el Rock era de elevada estética, solo que en el mismo saco censurado entraba todo lo bueno y lo malo que pudo llegar y no llegó.

¿Entonces qué pasó? Pues no existe nada más enajenante que la aberración que se  promociona en todas las plazas musicales y por las redes oficiales. Claro, tristemente nada viene solo, y la avalancha de mal gusto musical viene de manos con la falta de educación formal, la ausencia total de sensibilidad para la verdadera cultura, la apatía y el cuchillo; pero estamos recogiendo lo que sembramos allá por los años sesenta, cuando además de prohibir la mejor música foránea, se le llamaba bitongos a aquellos que sostenían un comportamiento educado y con clase. Se les llamaba bitongos y gente con rezagos del pasado pequeño burgués a los ciudadanos decentes que daban las gracias, los buenos días y trataban de alejarse de la vulgaridad de moda, fenómeno que trajo a la larga la intolerancia, la violencia en todos los aspectos y la filosofía callejera del Bicho, la del tipo violento, de escasa urbanidad, incapaz de sostener una conversación, pero triunfador a su manera.

Que todo se trata de que los jóvenes de hoy no piensen mucho, no es nada descabellado, es un hecho que se demuestra día a día, o mejor, noche a noche, cuando veo salir de los clubes nocturnos de la ciudad a una masa desenfrenada y turbia, con los ojos perdidos y los sentidos bloqueados de tanto reggaeton y su ola de violencia.

Pero nosotros, los tembas de hoy, estamos nuevamente callados, mirando por nuestra ventana estos aires de terror y de escasos pensamientos. Si comparo a un joven de mi etapa de estudiante, incluso uno de aquellos que nunca disfrutó ni de Juan Manuel Serrat ni de Emerson Lake & Palmer, con cualquier muchacho reggaetonero de hoy día, veré con exactitud las carencias del joven de hoy; no aspiro a que escuchen a Bach y a Vivaldi, ese es un lujo que adquirí precisamente escuchando en mi juventud a las bandas de rock sinfónico, aquellas que en su momento tampoco eran difundidas por los medios oficiales. Entonces en un día como ayer, sagrado para la Cultura Nacional, escuchando la música de mi vecino, a sabiendas de que no es Serrat, ni Los Beatles, ni Elena Burke, tuve que sonreír y tatarear con nostalgia las canciones de Los Mustangs, Marisol y La Massiel, creando en mi cuarto otra especie de zona Vintage.

Hay muchísimos focos por toda Cuba, son los bastiones de los que no se resignan a escuchar lo que está de moda; pero me da pena con los jóvenes. Cuando estos chiquillos sean adultos y quieran recordar la música que los hizo libres, tendrán que acudir a toda esa manada de reggaetoneros que hoy ensucian el espectro sonoro de la isla. Me pregunto qué sentirán cuando siendo ya unos vejetes, en un domingo aburrido como este, busquen entre sus grabaciones y encuentren para ablandar la tarde, un disco de Wisin & Yandel y Daddy Yankee, y canciones que digan: te voy a poner rojo el agujero, temas que serán el sustento de su pasado, y el presente mío y de mi vecino.

lunes, 14 de octubre de 2013

Aparece nueva población cercana a Sancti Spíritus



Entrada a Villaverde.
Ha sucedido un hecho sin parangón en la provincia: entre la ciudad de Sancti Spíritus y el municipio de Guayos, acaba de aparecer de la nada una nueva población de más de once mil personas.
El suceso ha traído a investigadores de toda la nación, etnólogos, arqueólogos, curiosos y policías. 

El jueves 3 de octubre el ministro Metodista Julio Aparicio, viajaba en su automóvil desde la capital provincial a la vecina ciudad de Cabaiguán con objetivos misioneros cuando el auto, por problemas mecánicos, tuvo que adentrarse por un camino en la senda izquierda de la carretera central, ya a escasos kilómetros de Guayos; en menos de diez minutos de travesía, buscando agua potable para el radiador del auto, este  hizo entrada a un raro y sorpresivo vecindario. Creyendo dicho  pastor que estaba perdido, intentó regresar a la carretera central, y su sorpresa aumentó al comprobar que estaba bien situado, y que había llegado a una nueva población donde lo atendieron cordialmente, resolviendo agua, descanso y alimentación. 

Investigó entre los habitantes del lugar y según confiesa el párroco, nadie supo contestar sobre la situación geográfica de la comarca. Después de pasear por la ciudad y disfrutar de la serenidad que le trajo el lugar, regresó a la ciudad de Sancti Spíritus e hizo el comentario del suceso a las autoridades locales, hecho que nadie creyó en un principio, pero que felizmente fue corroborado por el chofer de una ambulancia que viajaba a Santa Clara con un paciente diabético, y que por problemas similares tuvo que hacer parada temporal en la nueva población.

Viejo puente de Villaverde, camino a Guayos.
La noticia ha corrido rápidamente entre los espirituanos y por toda la isla, hecho que ha traído una ola de curiosos de los cuatro puntos cardinales al punto de que las autoridades han tenido que establecer el orden. Nunca antes ha ocurrido algo semejante, y este misterio, según dice una nota de prensa en el semanario provincial, tendrá que ser resuelto con toda la ética revolucionaria y con la responsabilidad característica.

Julio Aparicio; ministro Metodista.
Según dice el pastor Julio Aparicio, es un hecho sin precedentes, pero será siempre un hecho feliz, pues son nuevos miembros para la comunidad espirituana y nuevas almas que necesitarán, en su momento, una palabra de amor y un mensaje de salvación. Son gente muy humilde y tranquila con gran acervo cultural, aunque esto necesita investigación,  confiesa el pastor. En la mayoría de los casos son familias de campesinos, cosechadores de hortalizas y ganaderos, aunque poseen una cultura local sumamente interesante y variada. En las dos visitas que he realizado a la pequeña ciudad he visto la camaradería de su gente, algo callados y meditabundos, eso sí, pero es preferible la meditación al alboroto ciudadano. Lo mejor que tienen es el pan, prosigue en Pastor, es de una calidad insospechada; elaborado con harina del lugar, de un hojaldre nunca visto en estas tierras y de gran aceptación en la población.

Carlos Quintanilla, delegado del Poder Popular en el caserío más cercano no sale de su asombro. Esto es muy raro, comenta, nunca antes ha pasado algo así, lo que ha traído mucha gente al lugar y todavía no sabemos con certeza que rumbo va a tomar este asunto. Lo peor, comenta, es que estos habitantes no poseen ninguna documentación que los acredite como ciudadanos cubanos, no pues tienen carné identificación, y eso es sumamente grave. Muy pronto llegará una comisión nacional para darle vía a este proceso; estos nuevos ciudadanos tendrán que regirse por las leyes vigentes, incluido en Carné de Identidad, los CDR y todas las organizaciones de masas; además, deberán entrar dentro del programa de cuentapropistas con el correspondiente impuesto mensual. 
También se efectuará, luego de un censo a profundidad, la repartición entre los ciudadanos de la libreta de abastecimiento con su canasta básica. Lo más inmediato, prosigue, es la creación en la localidad de diferentes instituciones culturales y sociales, en las cuales estará incluida la casa de Cultura donde se pueda acceder a diversas maneras de hacer música, danza y todas las demás manifestaciones. Ya sucederá la próxima semana el primer desfile pioneril con alumnos de la ciudad de Sancti Spíritus, Guayos y localidades cercanas; también procederemos a la creación de una policlínica docente, una discoteca con música salsa y reggaeton, una heladería Coppelia y el primer campo de tiro de las MTT; ya funciona una peluquería particular cuya dueña se trasladó a la nueva ciudad procedente de Sancti Spíritus y un puesto de venta de pizzas de un cuentapropista llegado hace unas horas desde la localidad de Guayos.

Faltan algunas investigaciones para saber cómo ha sucedido esto. La gente callada y tranquila de la nueva población la llaman Villaverde, pero el gobierno provincial evalúa y estudia la posibilidad de cambiar el nombre por el de Comunidad Venceremos.

Los habitantes de Villaverde se niegan a ser entrevistados por la prensa y la radio; ellos dicen que no necesitan esas manifestaciones de promoción, y que solamente desean vivir en paz de su trabajo y su cultura popular. Aunque ya llegó la avalancha desde ciudades vecinas, ellos no han perdido la concentración,  a pesar de que han aparecido varios camiones invitando a la juventud a disfrutar de un día en la playa Ancón de Trinidad a cambio de algunos productos locales, pues todavía no existe moneda de cambio, aunque ya se estudia para un futuro una tienda en divisas y por supuesto, la instauración de un sistema de remuneración al trabajo en moneda nacional.
Parque de Villaverde, futura Comunidad Venceremos.

La aparición de Villaverde en nuestra provincia es y será una experiencia grata. Todos los ciudadanos espirituanos debemos recibir con verdadero calor humano a estos nuevos ciudadanos que han aparecido de la nada, pero que juntos podremos hacer un mundo mejor.