Diario del Grumete
He tenido la suerte de ilustrar dos veces el poemario Diario del Grumete, de Sonia Díaz Corrales.
La primera vez fue en los años 90, allá en la Cuba de nuestra juventud, cuando creíamos que la vida era eterna y los oleajes de un mar, relativamente cercano, nos regalaban su agua caliente llena de algas, crustáceos y algún sueño extremo.
La segunda, esta que les presento, ha sido el reencuentro con aquellas olas, pero de playas que humedecen la tierra firme, donde los sueños se cumplieron o no, pero de este lado tenemos la certeza de que los sueños, sueños son, y por esa circunstancia, son reales.
El disfrute al ilustrar cada canto y la cubierta de este hermoso viaje del grumete ha sido pleno. Sonia Díaz Corrales es una poeta de las imprescindibles si queremos y/o necesitamos adentrarnos en las palabras como un barquito de vela que surca el océano en busca de una verdad que nos haga comprender lo que vale el amar las cosas simples, como es de simple la poesía, que en su simplicidad nos convierte en mejores personas; y entonces, podemos entender que los nudos, las ensoñaciones, las cárceles, las dictaduras, el amor y la muerte son alegrías y tragedias que nos forman, nos dan voz y construyen en nosotros un universo mejorado.
Gracias a Sonia Díaz Corrales por invitarme a navegar en su barco, y a Marlene E. García Pérez por la maquetación y corrección del Diario del Grumete, publicado por la Editorial MAGAPE.
Aquí les dejo cuatro cantos del poemario con sus ilustraciones, y el enlace para comprar el libro.
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GRATITUD AD INTINITUM
"Puedo volver a ciertas noches en los pueblos de campo, a ese sinfín de ruidos de viento y llovizna cansina, de grillos y olores que no se repiten, excepto en el sueño. En esas noches, mi casa resultaba extraña. Intuía otros lugares. Hubiera podido vivir en la idea, en la resonancia de un mar al que me acerqué un par de veces con asombro. A una distancia prudencial, parecía peligroso. Esa idea, permanecer en ella, siempre me resultó inexorable. En abril de 1996, yo vivía en uno de esos pueblos, vivía más en la abstracción; si bien aún no lo sabía y escribía sobre un viaje, sobre otro mundo que se volvía real a medida que lo inventaba. En ese año, Ediciones Vigía publicó en la ciudad de Matanzas, Cuba, El Diario del Grumete y se consolidó la escritura, aunque el viaje no finalizó, la idea revelaba otras rutas, mares lejanos, igualmente conminatorios y apremiantes. ¡El tiempo pasó tan rápido! El pueblo se desdibujó en pueblos disímiles, en otras noches y luces igual de extrañas, pero siempre que me doy la vuelta la idea permanece, cada vez más dilatada y nítida: el mar, el barco, una búsqueda que no acaba. No hay lugar fuera de ella, solo ahí consigo crear aquello a lo que pertenezco.
Como un dios pequeño y mezquino, no renuncio a lo atesorado: moldeo la luz, las provisiones, los asideros más inimaginables. Inventé lo necesario para existir, obvié lo existente. Evocar ahora el principio: el pueblo, la llovizna, el sonido monótono de los grillos y, desde la idea, desde el viaje, hacer tangible o alcanzable el deslumbramiento, para justificar esta edición no era necesario, es pura majadería aclaratoria. Lo realmente importante es que puedo aceptar y afrontar con gratitud todo este desliz, la idea ahora es un campo minado de gratitud. Ni el regreso ni la rendición ni la renuncia son opciones, solo el viaje atormenta y excita por igual hasta la demencia. Vago por la idea como si se tratara de algo que me contiene, le pongo límites o la desbordo cuando parece que la realidad asfixia.
Pasó el tiempo, treinta años y la idea sigue viva. Embarco de nuevo de vez en cuando, creo y destruyo formas y ficciones…; a veces, lloro. Como siempre, los pueblos del interior carecen de ese ad infinitum que concurre desde el mar. Allí solo salva el sueño. No hay certeza que confirme esta historia, solo un exiguo barquito de papel estrujado, casi deshecho sobre la arena de una cala siempre distante, y este poema".
Sonia Díaz Corrales.
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Canto I
El vino se hace repartir como bálsamo.
Los peces vuelan en la punta del cuchillo.
Un hombre canta
agujerea el silencio
rompe le uniformidad del ritmo
y el crujido de las drizas.
El grumete no escucha
engulle su parte
y corre a la borda
para ver cómo reverbera el universo:
en la espuma ve pájaros
que se destruyen y se alzan
de la estela blanquísima.
Todo es moverse al golpe de la ola
hacer caracoles
peces viscosos y místicos
huyendo del vacío
que deja en lo profundo la quilla.
El grumete ceba sus hijos de agua.
Bajo una lona ardiente
los marineros cantan y almuerzan.
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Canto III
Cabe en la cuenca del ojo
en la pupila apagada
en el punto brillante
que dibuja la luna
y agita la sensación más extraña:
el niño siente los pasos del sueño cuando se va
y le deja el párpado abierto bajo las estrellas.
Los marineros duermen su noche salobre y sofocante.
El grumete busca su rumbo en las constelaciones
busca cristales
busca un amoroso rostro que no recuerda casi
busca su ansia
busca una flor
para ponerse en una solapa que no tiene
busca y todo lo halla
el grumete
esta noche
en el cielo.
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Canto VI
Se prepara el barco
a defenderse de un viento que hace girar
e inclina su silueta contra los relámpagos.
El grumete se consuela.
Esta oscuridad puede pasar dentro de un rato
se repite cuando la tormenta sube
y bambolea los cuerpos.
El timonel confía y desconfía
los marineros rezan
el grumete da el pecho sin reparos.
El miedo ya no rebasa la forma del ápice
es una angustia por no parar
por no quedarse
y no dejar a nadie.
Cuando la llovizna se hace tenue
desmantelado el castillo de proa
perdida el ancla
se alza siguiendo al capitán
en la batalla por sobrevivir.
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Canto VIII
Cansado de todo
trata de cambiar
ese rostro que se desdibuja y se contrae
en el vidrio roto del agua.
No se reconoce
no es el que partió hace años
igual acostado en la cubierta
con el rostro encendido
buscando unos monstruos
unas muchachas perturbadoras
inexistentes.
Es confuso el paisaje del fondo
y hasta los peces son extraños
vivos solo en las aletas y las branquias
en el frío de los ojos fijos.
Para el grumete
el mundo es un mar rosáceo adelante
una playa esperando
a que un hombre hunda su planta
en lo dorado de la arena.
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Sonia Díaz Corrales nació en Cabaiguán, Cuba, en 1964, y reside en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias. Es poeta y narradora. Ha publicado los libros de poesía Diario del Grumete (1996 y 1997), Minotauro (1997), Noticias del olvido (2011 y 2014), La hija del reo (2015, Premio de la Crítica Literaria 2015 en Cuba) y Los días del olvido (antología, 2016); y las novelas El hombre del vitral (2010) y El puente de los elefantes (2012 y 2015, Primer Premio a Novelas Editas 2016, del Premio Letterario Internazionale Indipendente de Promoción a artistas extranjeros). Ha obtenido reconocimientos en diversos certámenes, y los premios de poesía América Bobia 1982, Matanzas, Cuba; Bustarviejo 1993, Madrid; y el Abel Santamaría 1997, de la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, Cuba. Sus poemas aparecen en las antologías Retrato de grupo (1989); Poesía infiel. Selección de jóvenes poetisas cubanas (1989); Un grupo avanza silencioso (1990); Poetas del seminario (1992); Poesía cubana de los años 80 (1993); Poesía espirituana 1972-1994 (1994); Anuario de poesía (1994); Poetas de la Isla. Selección de poetas cubanos. Antología mínima (1995); Poesía cubana: la isla entera (1995); Mis barcos nuevamente (1996); Mujer adentro (2000); Todo el amor en décimas (2000); La madera sagrada (2005); Como el fuego que está siempre (2009); Paisajes interiores (2010); Antología de la poesía cubana del exilio (2011); Catedral sumergida (2012); Bojeo a la isla infinita (2013); Toda luz. Décima escrita espirituana 1997-2013 (2014); Once poetas a la sombra. Selección de poetas cabaiguanenses (2014); Para llegar hasta ti. Décimas de amor cubanas (2015), entre otras. Poemas y artículos suyos han visto la luz en revistas y publicaciones periódicas en diversas partes del mundo.
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